Los intereses nacionales conducen a la inacción climática de Europa

Los recientes Informes IPM “Europa no se puede permitir retrasar la descarbonización de su economía” y “El repliegue medioambiental de la Unión Europea” analizan con más detalle la preocupante marcha atrás de las políticas europeas de sostenibilidad ambiental.

¿Por qué el canciller alemán Merz y el presidente francés Macron han bloqueado la hoja de ruta para la descarbonización de Europa? El pasado 2 de julio, la Comisión Europea anunció el objetivo del 90% de reducción de emisiones para 2040 con medidas flexibles, como la compra de derechos de emisión fuera de la UE o la captura de CO2 para seguir contaminando. Cuando el pasado 18 de septiembre los ministros de medio ambiente deberían ratificar el acuerdo, Alemania y Francia, junto con Italia y Polonia, han rechazado la propuesta que deja a la Unión Europea, por ahora, sin hoja de ruta para la neutralidad climática en 2050 y con una simple declaración de intenciones de reducir las emisiones en 2035 entre el 66,3% y el 72,5% a solo dos meses de la cumbre del clima de Brasil (COP30).

¿Qué ha pasado para que Alemania y Francia bloqueen el objetivo de emisiones?

Cuando toda Europa ha sufrido los fenómenos naturales más extremos y se han constatado los daños económicos y sociales que producen, los impactos en los recursos hídricos, en la salud, la estabilidad financiera de hogares e industrias y en la competitividad de la economía, de la que nadie habla cuando se habla del cambio climático, cabe preguntarse por qué Alemania y Francia han optado por debilitar el proyecto europeo con este ejemplo de retardismo climático y de insolidaridad intergeneracional.

La crisis económica y la inestabilidad política ante el crecimiento de la extrema derecha han convertido a Alemania y Francia en los enfermos de Europa. Los intereses locales se han convertido en intereses nacionales en las directivas europeas coincidiendo con el avance de la extrema derecha en las instituciones europeas. En realidad, se trata de intereses electorales que han llevado a la derecha europea a aproximarse al negacionismo climático, que es la punta de lanza del ideario populista para acabar con el proyecto europeo desde dentro. En vez de más ambición europeísta y protección del medio ambiente han elegido menos Europa y desregular las políticas medioambientales.

Von der Leyen lo ha dejado claro en el proyecto de presupuesto de la UE para 2028-2034: primero, los intereses nacionales. Sustituye los 500 programas operativos actuales por 27 planes nacionales para diluir los compromisos medioambientales en el nivel de las políticas de los gobiernos nacionales que decidirán las prioridades.

La respuesta más contundente a este desvarío la dio en Bruselas Mario Draghi el 16 de septiembre al cumplirse un año de su informe sobre competitividad: “Europa debe actuar menos como una confederación y más como una federación”.  La decepción de Draghi con Von der Leyen y con los gobiernos nacionales confirma que si Europa sigue en la inacción se expone a una larga agonía.

Una nueva realidad

Los intereses nacionales gobiernan la Unión Europea por encima del interés europeo y de su autonomía estratégica. La sumisión de la presidenta de la Comisión Europea, Von der Leyen,  aceptando la compra masiva de gas a EEUU a cambio de nada es la nueva realidad.

El giro de las políticas climáticas comenzó en 2020 con la taxonomía sobre inversiones sostenibles, que trasladó a las directivas “Fit for 55” la consideración del gas y la nuclear como energías renovables, obedeciendo al interés nacional de Alemania y Francia.

La directiva de eficiencia energética propone reducir el uso de combustibles fósiles, a excepción del gas natural. La directiva de renovables, además de confirmar la relajación de las evaluaciones ambientales aprobada en 2022, introdujo el concepto de “circunstancias nacionales específicas” para que cada Estado miembro determine libremente su combinación energética con energías renovables y no renovables, fósiles y no fósiles, aplicando la neutralidad tecnológica a la transición energética. El amplio margen de discrecionalidad que las nuevas directivas otorgan a los gobiernos nacionales hará imposible en el futuro una política energética y climática común.

¿Y el futuro de Europa?

Si el poder de Europa lo da su mayor integración y cohesión social, la fragmentación que encabezan Francia, Alemania y la presidenta de la Comisión Europea la conduce a la irrelevancia. La toma de decisiones, el llamado método comunitario, favorece la fractura del mercado y la fractura política.

Cuando lo que EEUU y China deciden en 24 horas en la Unión Europea requiere más de 24 meses de interminables discusiones, se reduce su influencia, merma la competitividad y aumenta la dependencia de terceros países.

El debate del presupuesto de la Unión Europea y de los objetivos de reducción de emisiones son la oportunidad para frenar la deriva nacionalista de Europa que se aproxima a la ruta que ha marcado la ultraderecha para convertirla en una Comunidad Europea de Naciones. Las instituciones europeas no deben permitir que se antepongan los intereses nacionales para dar pasos atrás en el proyecto de cohesión e integración europea.

Son tan numerosos los datos de la Agencia Europea del Medio Ambiente sobre los daños del cambio climático, especialmente en el Mediterráneo, que reducir la respuesta de las instituciones europeas a una declaración de intenciones es no hacer nada. Como dijo Mario Draghi, “la inacción no solo amenaza nuestra competitividad sino también nuestra propia soberanía”.

La indecisión de los gobiernos y, sobre todo, la indecisión de Francia y Alemania, alimenta el populismo por la ausencia de una política claramente europeísta en todos los asuntos que exigen la firme defensa de los valores europeos.

El europeísmo nunca ha sido progre sino un salvavidas muy útil a los europeos en los últimos setenta y cinco años.

 

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